viernes, febrero 26, 2021

¿Cómo hablarle a mi hijo de la muerte?

Lo que hemos vivido durante la pandemia ha provocado preguntas sobre la muerte en las pláticas entre familia, pero ¿cómo podemos hacerlo mejor?, ¿qué aspectos habría que cuidar?

“Una enseñanza sin muerte es la muerte absoluta de la enseñanza.”

Vicente Verdú

Hay una sola certeza en la vida y esta es que existe la muerte. Por extraño que parezca, la inquietud sobre la muerte no es un tema periférico en el imaginario de las infancias —aunque sí en su formación—. Es un tema que surge independiente a la situación contextual de cada niño, que aparece como una pregunta inmensa y necesaria de responder. “Una cultura que no valora la muerte, no puede valorar la vida”, suscriben los doctores en Educación: Rodriguez, Herrán y Cortina, en su texto Pedagogía de la muerte mediante Aprendizaje de Servicio

A lo que nos enfrentamos como contexto, son agendas académicas que pasan el tema por alto, ambientes familiares que encuentran “muy delicado” tocar el tema con sus niños y que usualmente, acceden a él más bien a partir de paliativos religiosos o metáforas, que vuelven lo más naturalmente profundo en algo oscuro o velado.

María Cantero recalca en su texto La Educación para la Muerte, un reto formativo para la sociedad actual, que “en la actualidad ningún currículo oficial incluye la muerte como tema formativo. Esta situación hace de la muerte un tema invisible, el cual es mejor no tocar.” Ella señala que en la actual Ley de Educación de su natal España, se hace referencia a temas como la educación para la paz, la educación sexual, la educación medioambiental o la educación en valores, entre otros. Sin embargo, dice, “una vez más, volvemos a olvidarnos de ese lema de ‘Aprender a vivir’, y ¿cómo aprender a vivir si no sabemos que podemos morir?”

Sí hay algunas nuevas pedagogías que incorporan, orgánica y tangencialmente, preguntas sobre la muerte para que el tema deje de tener este carácter de ruptura y tabú. Distinguimos un par de ellas: la Pedagogía de Servicio y la Pedagogía de la Muerte. Aunque ambas tienen interesantes propuestas sobre cómo a través de conferencias, actividades sociales altruistas, etc., el infante puede empezar acceder a este conocimiento e incorporarlo sin miedo. Eso sí: nada va a suplir la necesidad de la niña o del niño de ser arropado desde casa cuando se trata de pensar en la muerte.

Cómo hablar de la muerte de acuerdo a la edad de la niña o niño

Es cierto que no será lo mismo hablarle a un adolescente que a un niño de siete años, así como tampoco tendrá la misma impresión un niño de tres. Por ello, mencionaremos, a grandes rasgos, unas características por edad que el texto antes citado describe y que pueden ser útiles para que tú como padre, maestro o adulto cercano, tomes a consideración.

Si pensamos en los más pequeñitos, ellos viven la muerte apenas como cuando se les niega algo, mientras que los niños de tres a cinco empiezan a construir un concepto borroso sobre ella, más relacionado con el miedo al abandono, el distanciamiento o el sueño. Puede ser muy positivo inaugurar el tema durante esta edad porque algo que caracteriza a estas infancias es la atemporalidad. Es decir, para estos menores difícilmente existe una apreciación del tiempo o de lo permanente. En ellos, la angustia por el duelo, porque algo sea incurable o por no volver a ver a alguien, es bien contrarrestada: los niños de esta edad creen en la magia.

Por este motivo, creemos que lo más afortunado será que desde este momento en el que tienen la fe y la imaginación a tope, tengas disposición para abordar el tema con ellos y los dejes, poco a poco, hacer sus preguntas e ir renovando sus conceptos conforme crecen.

Se observa también que a los seis años pueden desarrollar un sentimiento de responsabilidad por la muerte potencial de su gente más cercana. Parece que es entonces cuando identifican su carácter definitivo, por lo que habría que ser más comprensivos, sobre todo, con niños que rondan esta edad.

De aquí, hay un cambio polar en la adolescencia. La mayoría de los jóvenes no se interesan mucho en el tema porque al pensar centralmente en ellos mismos —rasgo inflamado de la pubertad—, ven con lejanía que algo así les pueda pasar.

Cómo confrontar la muerte a nivel personal

Lo importante ahora es confrontarnos a nosotros mismos desde la honestidad. ¿Qué nos hubiera gustado a nosotros que nos dijeran sobre la muerte cuando éramos chicos?, ¿qué cosas entre los eufemismos del mundo sobre la muerte, podríamos omitir? Hacernos estas preguntas y sumarle la intención por conceder a la niña o el niño la idea más natural sobre el fenómeno de la muerte, ya nos da una ventaja en cuanto a desarrollo se trata. Si bien será un proceso constante aquel en el que nuestros hijos conceptualicen la muerte para valorar más la vida, dar un paso adelante cuestionándonos y estando a disposición para que estos temas surjan, es irremplazable para ellos.

En mi caso, para ilustrar un ejemplo, la curiosidad sobre la muerte surgió de manera espontánea e intempestiva a los seis años, cuando le pregunté a mi mamá si se iba a morir. Mi mamá contestó que sí, pero que yo moriría también, aminorando el miedo a la separación que yo empezaba a sentir, sin razón. Mi mamá fue clara; pero después, en su intento por tranquilizarme, me dijo que aunque ella muriera, siempre iba a estar conmigo viéndome desde el cielo.

Muchas alegorías y eufemismos en torno a la muerte, pueden ofrecer un refugio momentáneo, pero más importante que recurrir a ellas con la intención de hacerle un bien a los más chiquitos, es evidenciar que no hay necesidad de tener un refugio. Al contrario, tener conciencia de lo finito de la vida trae recompensas. Como escriben Rodríguez, Herrán y Cortina en el artículo ya citado: “La recompensa es, sin embargo, reconfortante: primero, sentirse parte de la humanidad y segundo, poder contribuir más conscientemente a su mejora y transformación.”

Si bien ninguna respuesta o manera de abordar el tema va a poder presumirse como verdad (pues nunca podremos hablar empíricamente de la muerte), como un conocimiento suficiente o la mejor forma de aproximarnos a las infancias, la conclusión es: no debemos evitarlo.

Para que sepas más:

Lugizamón, Cárdenas, Martha Camila y Paredes Vallejo, Mónika Indira, Educación para la muerte: hacia las pedagogías de la humanización, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, 2015.

Zanartu S. Cristian; Kramer K. Christiane y Wietstruck P. María Angélica, La muerte y los niños, Revista Chilena de Pediatría, 2008, Vol.79.

Skliar, Carlos, Alteridades y pedagogías: o …¿Y si el otro no estuviera ahí?, Educación Social, 2002, Vol.23, No.79

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